Ríase un rato


Hace poco estaba yo en el ascensor de mi departamento, simulando ser una persona como las demás y entablando conversación pueril con una vecina (trato de evitar que los convecinos me visualicen como el tipo rarito), cuando esa cháchara inane declinó hacia temas sin sentido. Hasta que mencioné algo relacionado con ciertas viscosidades y la vecina puso una cara de asco, sin reparar  que aquello era una broma,je. Luego le expliqué, pero ella quedó con una cara de espanto que haría mover el rictus de un moai.

Y entonces, la lacerante verdad de lo que había sucedido impactó en mi frente con la fuerza de cien menhires. Porque uno da por hecho la existencia del sentido del humor, pero lo cierto es que mucha gente carece de él. Y esa carencia, esa minusvalía (porque es una minusvalía, señores: el no-humorismo como primer síntoma palpable de memez congénita), explica una remarcable cantidad de tragedias acontecidas a lo largo de la historia. Me disculparán si me pongo dogmático (y pelín demagógico), pero, ¿No era precisamente la completa falta de sentido del humor y la inexistente capacidad de reírse de uno mismo -y del propio país- una de las piedras fundacionales de los totalitarismos del siglo XX? ¿No dirían ustedes que si algo definía las actividades y soluciones más bien finales del Tercer Reich era que nadie se reía nunca? ¿Ustedes son capaces de imaginarse a Goering, Hitler y Hess tronchándose de risa y palmeándose vigorosamente los muslos en aquella Bürgerbräukeller por algo que no fuera un chistecito racial-genocida? En efecto: si algo comparten todos los Padres de la Patria, salvadores maoístas o sturmtruppers de camisa marrón es la completa ausencia de sentido del humor en su ideario. No hay risa en Stalingrado, en Auschwitz-Birkenau, el golpe de estado franquista de 1936, el Gran Paso Adelante o las pasadas elecciones para el parlamento catalán. Casi todas las cosas históricamente perniciosas para la humanidad (sea la UDI, el partido nacionalsocialista alemán, Isabel Allende o Radiohead) comparten entre ellas la absoluta ausencia del humor, la diversión o la ironía en sus planteamientos.

Humor 4 – Terror 0

Porque, de hecho, el humor es lo contrario del Mal: el humor es el antídoto contra el horror, la ignorancia y la barbarie. Nada desactiva en mayor medida al maligno que la risa en su cara. Porque la risa, señores, tiene poder, y disculpen si me pongo rumbero. El humor es un arma, y por ello tantos literatos y satiristas lo han utilizado en su obra. Asimismo, nada les interesa más a los “serios de la pipa”. Que arrancarle el humorismo a los clásicos: la Alta Literatura se cimenta en gravedad, reverencia y estatuesca circunspección. Para ellos, el humor es una bobada insustancial, una necedad anti-artística, un chascarrillo de taberna: el verdadero arte es trágico, solemne, épico, o simplemente no es. Traten de entenderles: si empezaran a admitir que Shakespeare es esencialmente un escritor humorístico (hay que tomar incluso Hamlet como un todo irónico, grotescamente excesivo) o que Kafka era uno de los mayores autores cómicos del siglo XX, ¿quién sabe qué tendrían que terminar admitiendo? ¿Que el humor es, de hecho, pieza angular de la literatura más importante desde el 1605? No, como argumentaba Casavella, a los “serios de la pipa” les interesaba convertir a Kafka en “una especie de pseudomístico amargado, es decir, en ellos mismos”. El humor no conviene. El humor no interesa. Los grandes escritores no son humorísticos y, en caso de serlo, es esencial lobotomizar su lectura para extirpar cualquier asomo de humor. La visión de la Alta Cultura es una visión franciscana: reír es de lelos, reír deforma las facciones, reír no es santo.

Pero un rápido vistazo a los cúlmenes de la palabra escrita nos demuestra lo contrario: son humorísticos Quevedo, Cervantes, Larra, toda la picaresca, los satíricos ingleses o americanos (Defoe, Swift, Twain…), Lewis Carroll, Wilde… De hecho, si uno excava en los cimientos de la literatura británica, cae en la cuenta de que todos los autores clásicos comparten un poso de ironía y sátira; incluso aquellos que se ha intentado sepultar en el Mausoleo de Autores Severísimos: Samuel Pepys, Horace Walpole, Coleridge, Samuel Butler… Pero admitir esto sería, ya dijimos, fatal. Es por ello que en el canon literario, las obras que hacen reír y divierten son consideradas menores, y los tochos son los Libros de Veras. Es por ello que el Decadencia y caída de Evelyn Waugh se toma como una obra inferior a Retorno a Brideshead, pese a que la primera es una obra maestra de la causticidad y el humor fatalista, y la segunda una plúmbea saga de nobles abufandados “con dudas”. Es por ello que Martin Amis, esa alma en pena encadenada a la búsqueda del reconocimiento académico, no descansó hasta abandonar por completo el humor tierno de El diario de rachel o la risa asilvestrada de Dinero, y no se le consideró un autor importante hasta que empezó a firmar libros que versaban sobre Stalin, el Holocausto, o vaya usted a saber qué nuevo tema aburrido.

Y en nuestro época, tres cuartos de lo mismo. Les reto a citarme cinco autores de los últimos cincuenta años que hayan sido respetados y a la vez realizaran literatura con humorismo (Mendoza es la excepción que confirma la regla). Los escritores más celebrados por la crítica literaria del último medio siglo son los agoreros, los épicos, los fabricantes de dramones y -digámoslo claro- los pesados. Aquellos que hacían semi-reír (García Hortelano, Gómez de la Serna) o tenían intenciones claramente cómicas (Jardiel, Mihura, Tono, De La Iglesia…) serían ninguneados por el canon de la Alta Literatura, y relegados a la condición de fofós sin talento, aptos solo para el chiste, el sinsentido, la bufonada, el teatro popular, pura literatura pulp condenada a retornar a la pulpa que la originó. Y es por ello que insisto en todo esto, tirándome de los cabellos y golpeandome el pecho como una ama de casa puesta de minilips. Estoy tratando de sembrar la alarma, como en las películas de ciencia ficción de los 50’s: para salvarles a todos ustedes, inmolándome a mí mismo ante los invasores si es preciso.

Los tontos que ríen

Los tontos no ríen. Se trata, de hecho, de todo lo contrario: el humor es el más definititorio signo de una inteligencia cristalina, de una clarividencia intensamente humana, de una palpable ausencia de miedo. La risa salta por encima del terror, domeña la angustia, nos eleva, nos blinda y a la vez nos hace cercanos. La risa es uno de los mejores vehículos de la empatía, el humor la más certera manera de efectuar protesta, o comentario político, de transmitir un mensaje profundo, de hacerlo memorable y arrancarle de cuajo la gravedad académica, la corrección política, el nihilismo. A menudo, la única reacción plausible ante la barbarie es la risa: conocida es la anécdota de Kurt Vonnegut emergiendo de un bunker antiaéreo un día de febrero de 1945 y enfrentándose al cósmico terror de Dresden (la ciudad reducida a cascotes por los bombardeos yankis) con lo único que su cuerpo se veía capaz de expulsar: un ataque de risa. A veces, la carcajada es la única contraofensiva imaginable. La mejor novela anti-guerra jamás escrita es Catch-22, que es una tragicomedia; ocasionalmente más tragi que lo otro (Heller poseía un sentido del humor bastante negruzco), pero incluso así fundamentalmente sarcástica y absurda.

No por casualidad, uno de los mayor elogios que, en el Reino Unido y Norteamérica, pueden dedicársele a una novela es “funny”. Cuando un libro es “sad and funny” es que ya ha alcanzado el morrocotudo cénit: triste y divertido, como la vida misma. Aquí no: en nuestro país se pretende que únicamente lo gravoso y lo espeso es la esencia de la vida, que el que se atreve a reír es un oligofrénico que no ha entendido nada de cómo funciona en realidad el mundo, y que el auténtico arte es el que se expone con esa cara de tener a alguien bailando sobre nuestro juanete. Pero ustedes saben que, de nuevo, es exactamente lo contrario: sólo los que sabemos de veras cómo funciona este guiñol patético sabemos también que es casi obligatorio usar el humor en nuestros escritos, y lo hacemos con partisana beligerancia. La risa es nuestro kalashnikov, la seriedad con ínfulas nuestro enemigo.

Esas ínfulas son asimismo las que explican que las generaciones, grupos y tendencias literarias más aburridas, cursilonas y sólo-para-críticos de los últimos veinte años (el “realismo histérico” de Foster Wallace o Rushdie, el posmodernismo en general) sean fenómenos que no admiten el humor en su seno. El humor, de ser usado en sus obras, debería empezar por la auto-ironía, y la auto-ironía haría trizas violentamente los metafóricos ropajes del emperador, ropajes mismamente tejidos a base de cultismos, anti-empatía, cripticismo post-universitario, cinismo y aspiraciones de mística genialidad (con pipa) que comparten sus autores. La sharía anti-humor lleva implantada en nuestro país desde hace mucho tiempo ya, y desafiarla, rebelarse contra ella, es aún para un autor un suicidio crítico ejemplar. Según los marmóreos especialistas de la vieja guardia, los autores que hacen reír son poco más que payasos tirapedos, productores insignificantes de literatura de WC y que, encima, se permiten tener fans que no solo no son otros literatos, sino gente normal como usted, yo y la vecina del quinto (no la mía; es un decir).

Por supuesto, este tipo de nueva (aunque eterna) literatura con humorismo hará lo que siempre ha hecho la literatura viva ante la reacción de la crítica más almidonada: saltarla como si se tratara de una cosa poca, ignorarla como la pieza inútil de una Edad superada y dirigirse, como siempre han hecho las cosas emocionantes de la historia de la creación, a los humanos con pulmones, temblores y carcajadas que no habitan en bibliotecas inexpugnables sitas en torres de marfil. Y buscará hacerles entrega a dichos humanos de ese algo elevado que surge de la culpa y el dolor y la vergüenza hacia uno mismo, y que se construye (no hay otra forma) mediante humor: brutal, explosivo, orgulloso y salvaje, violento humor, como siempre ha sido y será. Y es la realización de esa entrega una alta aspiración; aunque cubra sus humanos miedo y desnudez con sonoras risotadas.